Me levanto angustiada por las obligaciones ineludibles, inaplazables, indelegables.
Algo que en otro momento se trivaliza en la rutina del día, hoy se hace insoportable, una carga.
Mis inseguridades despiertan a sollozos, tal vez por el quejido continuo de mi tristeza.
Y es que, simplemente, no me apetece salir de casa.
Sólo por un día, refugiarme en el calor de mi taza de té.
Prepararme una ensalada templada, ligera y sana, rápida, sin más dedicación, porque hoy, quiero retirarme por un momento.
El mundo continúa, y yo, no soy imprescindible.
Reunirme con mi hija en la siesta, descansar mi cadera, relajar mi vientre y aliviar mi espalda bajo el edredón.
Dormirme al son de su respiración y sentir cómo, fundiéndose con mi necesidad de descanso, prolonga su sueño más allá de la costumbre, sabiduría de mujer que ya late en su cuerpo de niña.
Despertarme sus besos y sentirme aliviada, profundamente aliviada...
... y renovada.
Y sentarme a escribir mientras bendigo mi sexo.

¡Caray, qué bien expresas tus emociones!
ResponderEliminarSí, bendice tu sexo y vive en tu luna roja mientras esté ahí.
Pero no hay nadie imprescindible, no hay nada ineludible...no existe nada inaplazable. El tiempo no existe. Existe el aquí y ahora. Existe Vivir.
Gracias por compartir.
Un abrazo.
Cierto!
ResponderEliminarNadie imprescindible, mucho menos en esos días...
Nada ineludible... aún estoy en ese aprendizaje.
Gracias miles por tu comentario